Slow Food, una corriente ecogastronómica

Slow Food, una corriente ecogastronómica

La pornografía alimentaria, como define Carlo Petrini el espectáculo alimentario al que está sometido el mundo desde que terminó la II Guerra Mundial, vivió para este italiano uno de sus puntos más álgidos cuando en 1986 McDonald’s inauguró una filial en la plaza de España de Roma. Dura estocada en un país que se vanagloriaba de la calidad de su producto local, máxima expresión de la tan valorada dieta mediterránea, que Petrini y varios de sus colegas periodistas no pensaban tolerar. Fundaron entonces el movimiento Slow Food, una corriente ecogastronómica que promueve una alimentación entendida como expresión de la identidad y de la cultura que, más de treinta años después, recorre el mundo y ha calado hondo también en la esquina del noroeste peninsular.

Desde Santiago, un grupo de especialistas lucha por «la recuperación de productos autóctonos que se están perdiendo debido a que los jóvenes desconocen su existencia, por el abandono del rural, el envejecimiento de la población que los trabaja o su mala salida comercial». Lo explica Rocío García, una de las cabezas visibles de Compostela Slow Food. Esta asociación, que trabaja en toda Galicia, tiene sus propios guardianes, que van desde productores o chefs a técnicos agrícolas. Guardianes que velan por devolverle el valor a alimentos que, de no ser por sus esfuerzos, seguirían en el ostracismo culinario en el que habitaban hasta hace unos años.

 

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